En Donostia (Crónica senderista.)

 
ACRECA San Sebastián 2010
Hemos llegado a San Sebastián. Como buenos anfitriones, los compañeros de Donostia nos esperan en la recepción del hotel mientras vamos apareciendo de todas partes. Estamos ya en la reunión anual de senderistas de cajas de ahorros. Los besos y los abrazos se suceden mientras los recuerdos fluyen en desorden. Es el momento emocionante y mágico del reencuentro.
Dejamos las maletas en la habitación y, sin demora, asistimos a la magnífica presentación de las rutas que nos tienen preparadas. Salimos de allí algo abrumados, imaginando los recorridos que nos esperan por tres de los grandes montes guipuzcoanos. Sabemos que la competición que nos aguarda solo es de cada uno consigo mismo. El trofeo es llegar al final previsto de cada sendero, con la suficiente fortaleza para poder empezar otro al día siguiente. El premio reside a lo largo de cada uno de los senderos.
El Aurresku, la tradicional bienvenida vasca, aguarda mientras nos agolpamos alrededor del sitio donde esperan un txistulari y un dantzari. Entre pequeños sorbos de vino y champan, el aire se queda quieto cuando los sonidos penetrantes del txistu y los acordes del tamboril comienzan. Serio, el dantzari ejecuta los pasos de la danza ancestral, el ballet solemne y elegante, cuyos orígenes se hunden en la noche de los tiempos.
Cuando llegamos a la Concha, en la playa está oscureciendo. El paseo por los jardines del palacio de Miramar y a lo largo de la ensenada, desde Ondarreta y el Pico del Loro, nos hace sentir que, de verdad, ya estamos aquí, cediendo, al fin, al impulso de la llamada, a ese algo inexplicable que rige nuestros pasos hacia las orillas.
Al día siguiente, los autobuses nos dejan en el alto de Otzaurte, a las puertas del bosque. Hay una pista hacia la majada de Beunda, pero, siempre que es posible, atajamos por senderos que culebrean entre hayas y robles. Enseguida salimos a las primeras laderas cubiertas de hierba, mientras el sol se eleva por encima de la niebla que permanece en el fondo de los valles. Frente a la fama de inclemencia de la zona (Otza-urte = frío todo el año ), el día luce espléndido. Pronto la ruta vuelve a sumergirnos entre frondosas arboledas, que ya no abandonaremos hasta llegar a la vista de la antigua casa de miqueletes, ahora refugio de montaña. Un panel nos explica  que estamos entrando en una de las estaciones megalíticas que jalonan el territorio vasco, monumentos que hablan de la historia no escrita.
Los caballos pastan por aquí libremente. Ya vimos un pequeño grupo en los alrededores de Beunda. Delante de nosotros un hermoso caballo negro, que no puede evitar las moscas que le asaltan, pavoneándose, cruza el sendero. Luego se queda a un lado, en la pendiente de alta hierba. La ruta empieza a tomar la forma de una calzada, pero lo que más atrae nuestra atención es el túnel de San Adrián, que ya se divisa en la roca, bajo una torre de alta tensión que me gustaría dejar fuera de encuadre, aunque, en ese caso, perdería también la perspectiva que quiero recordar. La cavidad fue un importante lugar de paso durante la Edad Media, entre los montes Aratz y Aizkorri. Dentro hay una ermita y los restos de lo que sería, - ahora lo sabemos, tras las recientes excavaciones y prospecciones de la Sociedad Aranzadi - una gran fortaleza, un punto de peaje para quienes tuvieran que viajar entre Castilla y Francia. Por aquí pasaron reyes, caballeros templarios, peregrinos y mercaderes, el camino de Santiago y la lana de la Mesta. Alfonso X el Sabio, como parte de su gran proyecto para asegurar la ruta y la frontera con Navarra, restauró la calzada, cuyos orígenes no sería extraño que se remontaran a tiempos romanos. En todo caso es un paso natural, necesario entonces para pasar de Castilla a Francia y viceversa, de la meseta hacia el Bidasoa. Cuando nos toca, tenemos que abrirnos paso entre vacas que andan por allí libremente. Pero no hace falta bajar la cabeza, como dicen que tuvo que hacer Carlos V. Al otro lado del túnel, tomamos un respiro. Aquí la calzada se conserva admirablemente bien. Nos quedamos quietos contemplando el paisaje que nos rodea y el agujero por donde van emergiendo el resto de compañeros. Aquí vamos a dejar esta parte del Camino Vasco del interior, para empezar la ascensión del “Calvario”. Busco mi propio ritmo y voy subiendo, poco a poco, el sendero que se desliza entre rocas y una densa vegetación de hayas, disfrutando el juego de luces que tapa todo horizonte. Cuando empiezo a percibir cierta opresión que irradia la interminable cuesta entre el bosque, que permanece cerrado, emerger de nuevo a cielo abierto es un alivio. La brisa que rueda entre las primeras crestas me da nuevas energías. Entre dolinas la cima mítica del Aizkorri se aprecia al alcance de la mano. El refugio de alta montaña, la ermita y la cruz señalan la magia y difuminan todas las leyendas que rondan por estas alturas. El aire claro de la mañana se impone entre las rocas y los balidos de las ovejas, embelleciendo los paisajes que nos rodean: Zegama al fondo del valle, el Txindoki y Aralar cimbreando a lo lejos.
Dejo la cruz y el buzón con el hacha incrustada en él y sigo hacia el Haitxuri, la cota máxima del País Vasco. Desde allí, junto a la placa de San Bernardo y el tamboril, además de las magníficas panorámicas que se extienden alrededor, la alargada fila india de compañeros, que suben hacia el vértice geodésico del Aketegi, se convierte en espectáculo único e irrepetible, recortados en su marcha al filo de los precipicios que nos rodean. Las cumbres se recortan a lo lejos, azules entre los dorados haces solares que van imponiendo el blanco en la distancia, mientras el verde de los prados y los bosques emerge y sube hasta que la fina línea de crestas rocosas se lo impide.
Bajar hacia las majadas de Arbelar, es un ejercicio de temple, donde si, tras haber subido te quedan fuerzas y una vez en plena ladera, disfrutas la travesura de dejarte llevar por el instinto, sorteando entre las lajas, los lapiaces, las piedras sueltas, esquivando las zonas resbaladizas, hincando los talones y saltando entre la hierba. El verde resplandeciente de las Campas de Urbia, allá abajo, nos espera, acogedor. Cuando el sol abrasador empieza a hacer que las sienes se empapen de sudor, sabemos que allí, al fondo, en una pequeña elevación cubierta de árboles, nos espera la Fonda de Urbia, el lugar donde saborear una o algunas cervezas bien frías. Allí sentados a la sombra, mientras varios caballos con jóvenes potros pasan muy cerca, siento que ya he llegado al final de la ruta. Lo que queda es un paseo entre el frescor de altas hayas y fuentes cristalinas, punteado aquí y allá de rosas y fresas silvestres a punto de salir, ranúnculos, prímulas, centaureas, malvas.... Cendales de bruma se dispersan por el fondo de los valles. Pronto llegamos al magnífico santuario de la Virgen de Arántzazu, patrona de Guipúzcoa, fin de trayecto por hoy. En el Santuario, Monasterio, Seminario, Escuela de Teología de Arantzazu nos esperan los autobuses y un refrigerio. Vale la pena visitar este lugar de la mitológica Virgen Vasca, finalmente erigido según los diseños de Sáenz de Oiza y Luís Laorga, las piedras de sus fachadas y torres terminadas en punta de diamante, el enorme retablo de Lucio Muñoz, con el nicho de la Virgen, los 14 apóstoles de Jorge Oteiza en la fachada principal, y tantas otras cosas que rodean este lugar de romerías y peregrinaciones.
Al día siguiente pulsaremos los míticos recorridos de la Sierra de Aralar. Empezamos a los pies del legendario Txindoki, en el caserío de Larraitz, la principal entrada guipuzcoana hacia el gran macizo calcáreo. Velos de bruma lacean a nuestro alrededor contribuyendo a resaltar el ambiente de leyenda. Allí mismo admiramos, poco antes del portillo donde comienza la ascensión, el monumento erigido para celebrar la existencia de la mancomunidad. Es un moderno crómlech de 16 piedras, una por cada una de las 16 aldeas que se reparten el uso de la gran mole caliza. A medida que vamos subiendo la niebla se queda atrás, en el fondo de los valles. El sol luce espléndido, a pesar del viento que se desata entre los collados, una vez superada la umbría de los pinares y la de las faldas donde emerge la Fuente Oria. Los bosques de la zona norte se deshilachan tangenciales a nuestra derecha y ascendemos en zig-zags entre herbazales que bajan de las alturas hacia las barranqueras de Urzabal. Por aquí se ven ya las primeras majadas, con sus txabolas al resel del Auza Gaztelu. Pronto abandonamos los empinados prados que bordean el portillo de Zirigarate y entramos en las suaves lomas de las campas de Alotza, tras la bifurcación que conduce al collado Egurral. Un jinete a lomos de un hermoso caballo entre negro y alazán hace su aparición por el borde derecho de nuestro campo de visión, como subiendo desde la cercana majada de Elutseta y cruzándose en nuestra ruta. Entre los verdes de la campa nos salen al paso frecuentes manadas pequeñas de yeguas, potros y caballos, que pastan entre los alcores y se aproximan a las vacas, aunque sin mezclarse.
El menhir de Saltarri aparece en una hondonada, frente a un corral de ganado. Ahora, desde tiempos inmemoriales, permanece acostado -como tantos otros monumentos megalíticos que abundan por estos montes- y se ha convertido en pieza elemental para la práctica de un deporte, ya ancestral, que consiste en el salto de pastores a pies juntos. La estrecha relación existente entre los pastores y Aralar se remonta a varios miles de años. Todavía veremos por aquí algún que otro rebaño de latxas, la oveja de dónde procede el famoso queso con denominación de origen Idiazábal. Hay una relación evidente entre el pastoreo y los numerosos megalitos que salpican esta sierra. Las mugas o mojones territoriales debieron ser también zonas de unión entre términos comunales, así como hitos de orientación, oración y reunión entre las gentes, que se perpetúan hasta la actualidad. Los dólmenes, túmulos, crómlechs y menhires son mojones, lugares de oración, de homenaje a personajes destacados, de tumbas, de señalización astronómica, de mágicas acotaciones sagradas donde reunirse y meditar, de donde partir para guerrear también, en donde celebrar juegos y fiestas que unen o separan, donde poder recogerse o sobrecogerse ante los misterios… Todo esto junto y seguro que mucho más. Por eso pasamos ante ellos con reverencia y regocijo. Por eso, ante ellos, no podemos prescindir del respeto que todavía hoy despiertan, por más que sus intenciones originarias se hayan desdibujado en la losa de los tiempos. Poco más allá del Saltarri, la actual estela de Jokin, viene a confirmar la continuidad intemporal de ese cúmulo de sentimientos, prácticas y celebraciones que heredamos de los misteriosos artífices de construcciones megalíticas. A la hora prevista, la fuente de Alotza, junto a su mesa de orientación, aparece entre las ondulaciones de  los prados. Allí descansamos un rato mientras esperamos a los más rezagados. Después subimos por los herbazales hacia el collado Irazusta, para, desde allí, girar a la derecha, por donde bordear, entre dolinas, la bicéfala cumbre del Pardarri. Por allí prosperan, entre las grietas del lapiaz, el orégano y el majuelo, que perfuman este abrupto tramo de sendero.
Volvemos a admirar las poses de más caballos. Numerosos buitres planean en el azul. Pero, en ese momento nos enteramos que en la cola de la expedición una compañera nuestra se ha indispuesto. Así que nos paramos todos mientras se avisa a los servicios sanitarios de emergencia. Tras unos momentos de indecisión, seguimos hacia las campas de Igaratza donde nos reuniremos con los compañeros que la están ayudado a llegar allí, un sitio apropiado para que el helicóptero pueda recogerla sin problemas. Somos conscientes que en el monte a cualquiera le puede pasar cualquier percance y que éste puede adquirir dimensiones impredecibles. Mientras, otro compañero ha sufrido una torcedura de tobillo. Ambos son personas que han demostrado su entereza en ocasiones anteriores. Al final del día nos llegaran noticias de que ambos están bien, aunque lamentamos que no puedan acompañarnos en la marcha final.
En Igaratza hay una veleta que corona una gran mesa de orientación, pero su gran atractivo es la profusión de megalitos que aquí se sitúan, muy cerca unos de otros. La veleta señala uno de los dólmenes que parece rodeado por un crómlech. Otro de los crómlechs apenas emerge de la hierba. Más adelante subiendo hacia la muga, aparece un menhir y otro dolmen. En la misma muga, el dolmen de Trikuharri que hace de mojón con Navarra, es el sitio elegido para hacernos la foto de grupo.
Con apenas pendientes que subir, todo lo que queda de la jornada es ya en bajada, lo que se agradece, aunque hoy no hayamos coronado más que algunos de los collados de Aralar. Hace tiempo comprendí que, al menos para mí, lo que importa es recorrer los montes y los senderos, mientras que coronar las cimas son acontecimientos que si se presentan al paso bien, pero que si no se presentan voy a disfrutar, igualmente esos otros parajes, esas otras perspectivas, esas otras sensaciones tan gratificantes o más que llegar a las cotas más altas. Todos los caminos ¿son siempre y también “caminos interiores”, esos que solo uno mismo puede recorrer? Pronto llegamos a la vista de la borda de Aralpasando. Aquí la choza es una buena construcción a cuya visión uno no se puede sustraer desde en el mismo momento en que se divisa. Está pintada de rojo y forma parte de la misma dolina donde se asienta. Atravesamos entre los rasos con caballos que, a veces, siguen, caprichosos, nuestra misma ruta, para llegar al antiguo parking de Pago Mari, topónimo de arcanas resonancias, que me transporta imaginación hacia la bruja-pastora Mari, diosa madre de la Mitología vasca. Hacia la casa del Guardetxe, donde esperan los autobuses, todo es una pista que se ondula por un bosque de hayas, robles, fresas y rosales silvestres. La sima de Beingo Lezea, cada vez más menguada en sus 100 metros de profundidad, nos sale al paso. No puedo sustraerme a tirar allí, también yo otra piedra.
El santuario, albergue y refectorio de San Miguel de Aralar es el lugar elegido para reponer fuerzas. Lo que hacemos mirando desde los ventanales las evoluciones en el azul de buitres, que se perfilan en el telón de fondo la sierra de Urbasa-Andía, enorme paredón amesetado que marca el horizonte y empequeñece los pueblos que se asientan en el fondo de los valles. El templo románico es uno de los grandes lugares de referencia y devoción popular. El famoso ladrón de arte, Eric “el Rojo”, se llevó de allí su retablo cuajado de esmaltes -obra maestra del arte románico, de principios del siglo XII- que luego ayudó a recuperar, alimentando así, aún más, las leyendas que no cesan de crecer en torno al sitio. El famoso relicario de San Miguel “in excelsis”, que allí se custodia, recorre cada primavera decenas de localidades. Las cadenas de Teodosio de Goñi, noble del siglo VIII, cuelgan también en el interior del templo y son, igualmente, objeto de invocación popular.
Terminamos la tarde con la inexcusable fiesta en una sidrería vasca, donde nos instruimos en “romper” la sidra directamente de las kupelas -esas barricas donde el zumo de la manzana fermenta-, bien acompañada de la tradicional tortilla de bacalao.
Al día siguiente, última jornada de la fiesta senderista, recorremos los riscos que se asoman al inmenso mar. Desde el barrio de Gros, subimos las escaleras del monte Ulía, mientras la vista de San Sebastián se va ampliando entre los huecos de robles, abedules, fresnos, arces, helechos, brezos,... Por la fuente de Kutralla, bajo la Peña del Ballenero, esplenden las hortensias, disputando el terreno al brezo, el laurel y los helechos. Cuando salimos del bosque por los espinazos de las abruptas calas, el espinazo de Mompas avanza entre los arrecifes y deja ver sus ruinas estratégicas. Las rocas areniscas, azotadas por la erosión, adquieren la forma de curiosas esculturas. La senda se hace fácil, fruto del empeño de un enamorado de este monte que, cada día, sin esperar nada a cambio, acude a acondicionarla. Admiramos, al paso, varios acueductos que, desde la fuente del Inglés, llevaban agua a Donostia, mientras nos acercamos al faro de la Plata. Los hongos aparecen, lustrosos entre los helechos. Las orquídeas silvestres, del género dacthyloriza maculata, resisten, ya ajadas, los rigores del verano que acabamos de estrenar. Llueve brevemente. No sé distinguir las raras plantas carnívoras, que otros compañeros me dicen, luego, que han visto. La lluvia ha dejado, en las zarzas y rosales silvestres, gotas de agua, que adornan, brillantes como zafiros, los pétalos de las flores. Pronto bajamos, por las húmedas escaleras del faro de Senekozulua, hacia la bocana del puerto de Pasajes. Aquí desemboca el río Oiarzun. El estuario, por donde atraviesa el Camino de Santiago, forma un enorme puerto natural donde trianeras y todo tipo de pequeñas embarcaciones deportivas, reman entre buques de todos los tamaños. Desde las alturas que rodean Pasaia, es todo un espectáculo.
Pasamos, así pues, de San Pedro a San Juan. Tras esperar a que cruce el resto del grupo, enfilamos hacia la “cresta Arizaondo”, donde nos volverán a asombrar las magníficas esculturas que la naturaleza ha esculpido en la arenisca, sobrecogiéndonos ante los hermosos acantilados de “Arando Haundi” desplomándose, al costado izquierdo de nuestra ruta. Una vez pasada la fuente y los restos del fuerte de Santa Isabel, la pista hormigonada se empina. Sin darme cuenta, voy siguiendo el consejo de Dag Hammarskjöld: "Nunca midas la altura de una montaña hasta que no hayas llegado a la cumbre. Entonces verás que no era tan alta como pensabas" Como tantas otras veces, dejarse llevar sin pensar en nada más, es, para mí un placer. Y cuando el sudor resbala de la frente, por las crestas que conducen al cerro Mitxintxola, dejo vagar la vista, inmerso en la grandeza del paisaje que me rodea. Así llegamos a la modesta cumbre, donde se erige un viejo puesto de cazadores de aves migratorias. Pronto abordaremos las torres de las guerras carlistas que van marcando la suave subida hacia los restos del fuerte de San Enrique, la cima del Jaizkibel, ahora cubierta de niebla. El Dolmen “Trikuharri de Iskulin”, descubierto por José Miguel de Barandiarán, es otro gran testigo que dejaron las gentes de las culturas megalíticas. Ahora yace cubierto de ortigas, junto al mirador en que se han convertido los restos del antiguo Parador Nacional.
Cuando la niebla se disipa, deja huecos desde donde podemos admirar la desembocadura del Bidasoa, Irún, Hondarribia, Hendaya, las playas que van hacia San Juan de Luz,  la frontera con Francia. En la explanada del Parador, donde esperan los autobuses, no me disgusta el intenso perfume de varios aligustres, que allí crecen en plena floración.
Por la noche será la cena, la gala de entrega de regalos, premios y reconocimientos, la fiesta de despedida. Pero aún, al día siguiente, antes de partir de regreso a casa, me reservo un par de horas para volver a recorrer la Concha y perderme por las calles de los barrios más antiguos de San Sebastián. Ese es mi particular homenaje de despedida, más fascinado, si cabe, cuando al pasar por el túnel del Pico del Loro, un músico callejero emprende, con su violín, los palpitantes acordes del “Ave María” de Schubert.
 
Julio – septiembre de 2010

 

Sobre Miguel Torres Calabuig

Unos cuantos compañeros, amigos ya entonces, desde la Laboral de la Coruña, llegamos a Córdoba en ese otoño de 1971. Recuerdo que entonces el verano se alargaba, como éste de ahora, y que había una gran piscina al borde de un bosque de pinos, donde, cada vez que nos apetecía y cuando la disciplina y horarios nos lo permitían, chapoteábamos, creo que hasta en diciembre.
Allí, entre el Colegio San Rafael y el Luis de Góngora, pase tres años. Otros 3 años más estuve en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Córdoba, de pensión en pensión y de piso en piso con otros compañeros estudiantes, disfrutando de una libertad que me atraía, tras los corsés de las Laborales. En el 79 terminé mis estudios universitarios, ya en Valencia, y ese mismo año ya supe que logré la plaza, entre otros 15 aspirantes, de Bibliotecario en Villena, en el Aula de Cultura de la Caja de Ahorros, entonces de Alicante y Murcia, después del Mediterráneo.

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