Recuerdos de niñez... (Barracas y tiovivos)

El coco es una fruta obtenida de la especie tropical conocida como cocotero, la palmera más cultivada a nivel mundial. Tiene una cáscara exterior gruesa y en su interior una pulpa blanca y aromática. Hoy en día es fácil encontrarlo en  cualquier supermercado, pero hace setenta años a Sestao llegaban con las patronales. Y para mí, en mi tierna infancia,  era un fruto de deseo, mucho más que las pipas, la horchata o las algarrobas.

Nunca he sido aficionado a los juegos de azar –afortunadamente solo participo por imperativo social en la lotería navideña- pero aquél miércoles de junio, festividad de San Pedro, recién cumplidos los nueve años, invertí parte de la asignación especial monetaria en el juego de la ruleta y la guía se paró en la sota de espadas, la carta de la baraja por la que había apostado. Antes, mientras giraba la ruleta unas luces iban pasando por todas las cartas de la baraja que estaban en el mostrador sobre el que depositábamos las apuestas. Sólo contento no, pegando brincos de alegría llegué a casa con mi coco sin abrir. Aunque oficialmente ya teníamos el carnet con el Título de Familia Numerosa, con la pulpa de ese coco tuvimos suficiente para satisfacer el capricho.      

Puede que esté equivocado pero creo que ese año las casetas de tiro, las tómbolas y otras semejantes estaban ubicadas en la Gran Vía, frente al colegio de los Hermanos de la Salle. Los tiovivos, como se puede apreciar en la fotografía de cabecera[1] ocupaban el solar junto a la plaza del Kiosko, donde ahora está el rascacielos de la biblioteca. Detrás de la pared del fondo estaba la cervecera donde las familias y grupos de amigos podían comer la tortilla de patatas hecha en casa, mientras bebían cerveza con limonada servida en jarras o agua de Iturrigorri.

Tiempo tendremos de comentar y narrar vivencias de las variadas fiestas de nuestro pueblo; ahora solo deseo centrarme en algunas evocaciones que perduran en los recovecos de mi memoria a pesar del desgaste de las neuronas. Claro está que ya no será solo de 1955, sino en una mezcolanza de años.

Aparte de la historia del coco, acabo de recibir la imagen de las “cadenas o volador”. Es el único de los carruseles en los que me gustaba montar. Y no era fácil, pues estaban muy solicitados en las horas punta; había que calcular, cuando el tiovivo disminuía la marcha, cual era la cadena que pararía más ceca de donde estabas para poder cogerla, casi sin tiempo de que fuese desocupada por el que iba a descender. Luego, durante unos minutos, podías sentir la sensación del vértigo, mientras procurabas entrelazar la cadena por encima de tu cabeza para añadir a la fuerza centrífuga –esta definición la supe más tarde, cuando estudiaba Mecánica- a la de giro sobre uno mismo, además del giro de la plataforma. También me di cuenta, que en los momentos en los que no había aglomeraciones, el viaje duraba más.

Siempre tuve mala puntería con las escopetas, carabinas o chimberas, pero sí intenté en varias ocasiones derribar aquellas bolas ¿de madera? que estaban apoyadas sobre unos aros metálicos. El perdigón tenía que pegar muy centrado en el objetivo para derribarlo del pedestal.

Y qué decir de la tómbola, repleta de muñecas y enormes cachavas de caramelo. No había cacharros de plástico[2], porque aún no se conocía. Para lograr el premio se compraban tiras con diez números y cuando se habían vendido todas, o las que el feriante estimaba oportuno para el negocio, se efectuaba la rifa y la afortunada –casi siempre les tocaba a las chicas- se llevaba el premio.    

Otra caseta que me gustaba era la del “hipódromo”, en la que una y otra vez los caballos –a veces camellos o dromedarios- se afanaban por llegar los primeros a la meta. Bueno, en realidad no lo hacían solos sino que se estimulaban por el esfuerzo de los que, delante del mostrador, tirábamos del pulsador que lanzaba hacia adelante unas bolas de acero, las cuales al descender tocaban una serie de obstáculos que se convertían en pasos para el avance de los esforzados caballistas. (Si me decís que no se entiende trataré de explicarlo de otra forma). Para el ganador también había premio.

Más que el obsequio a modo de premio, era la satisfacción y la fama lo que se lograba cuando el bólido que habías lanzado con fuerza en la recta, era capaz de ascender por la pendiente circular, llegar a la cúspide y, tras un breve titubeo, descender raudo y volver sobre sus pasos para dejar probar al siguiente forzudo. Por supuesto que nunca lo intenté. Como tampoco lo hice con la maza que, si dabas en la diana con mucha fuerza, era capaz de medir dicho esfuerzo en un gran reloj-dinamómetro para admiración del público presente.

Esos dos juegos descritos, junto a otras casetas de tiro, las recuerdo que estaban instaladas junto a la pared de la finca del Indiano[3], la que hacía esquina de la cuesta de Galindo con la Alameda Las Llanas, frente a la plaza del Kasko.   

Incluso los niños acompañados podían disfrutar de conducir un automóvil, pero en la atracción conocida como "los autos de choque", pues hacían eso, chocar; por alcance, de costado e incluso de frente, aunque los carteles lo prohibían. Los bólidos se deslizaban por una pista metálica aprovechando la energía eléctrica que se producía entre ese suelo de metal y el enrejado metálico en contacto con el soporte superior del coche, en forma de percha.  

Cuando llegue el turno de recordar las fiestas no nos olvidaremos del cine al aire libre, los concursos del “vestido barato”, los combates de lucha libre –nunca olvidaré el de Zuazua, el “León de la Peña”-, los pasacalles de la Banda de Cartón, o los partidos de Gordos y Flacos. Y es que ya se sabe que solo recuerdan… los mayores.

Hasta otra. Gracias a los más de 31.000 que habéis visitado estos artículos, retazos de un Sestao que sobrevive en nuestros recuerdos.

SALUD_os   

NOTA 1 - Rafael Castillejo leva dos décadas coleccionando fotografías de mediados del siglo pasado y luego las muestra, debidamente clasificadas en su espacio de internet bajo el título "El desván de Rafael CASTILLEJO". Agradecemos su autorización para publicar algunas de sus fotografías para complementar adecuadamente esrte artículo. Rafael gracias y y te deseamos SALUD_os y ÁNIMO.

NOTA 2 - Me comunica el amigo Txema Martín Blanco que los "autos de choque" era de la familia Pedrosa-Urbina, y la de los caballitos de la de Kepa Magunacelaya (+2011). También había otra de los padres de nuestro compañero del Patronato, Pepe Eguizabal. 

NOTA 3 - Nos comunica Carlos Asensio Álvarez que Roberto Pedrosa Urbina falleció el pasado diciembre de 2020. Dencanse en paz.   

[1] Cedida por Primi López Mediavilla.

[2] La primera noticia sobre este invento nos la dio don Teobaldo Guerrero Lobo, profesor de matemáticas y química en el Patronato de Sestao; seguramente en el año 1958.

[3] La finca era de la familia Buerba-Amézaga, lo mismo que los terrenos del campo de fútbol del Sestao Sport.

ÍNDICE de Recuerdos de niñez y mocedad en Sestao-> ENTRAR

Fuentes e información -> BIBLIOGRAFÍA 
Si deseas añadir información o que se corrija algún dato, escribe a ->CONTACTO

 

Sobre Iñaki Fernández Arriaga

Socio fundador de A.LA.CÓ., la primera asociación de Laborales de Córdoba.

Socio fundador de Aulacor, la asociación nacida del acuerdo entre responsables de A.LA.CÓ. y Ulacor.

Administrador de la web oficial de Aulacor hasta que fue injustamente expulsado y sin derecho a defensa.

Administrdor de esta web de PARANINFO.

Miembro del Consejo de Redacción de la revista PARANINFO.

Coordinador del libro 'RECUERDOS DE LA UNI'

3 comentarios

  1. Foto de sestao bizkaia

    No recuerdo ' EL HIPÓDROMO' .

    También, por si no se sabe, comunicar que en diciembre pasado, falleció Roberto Pedrosa Urbina, íntimo amigo, que todavía los amigos de la infancia y juventud, lloramos su pérdida

    (Carlos Asensio Álvarez)

  2. Foto de sestao bizkaia

    Los 'autos de choque' era de la familia Pedrosa-Urbina, y la de los caballitos de la de Kepa Magunacelaya (+2011). También había otra de los padres de Pepe Eguizabal.

    (Txema Martín Blanco)

  3. Foto de Iñaki Fernández Arriaga
    Iñaki Fernández Arriaga

    Unas breves pinceladas sobre algunas de las barracas de feria que dejaron recuerdos en mi cabeza.

Deja un comentario

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Este sitio web utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia con el sitio web. Al continuar con la navegación consideramos que acepta su uso.