EL Arabí mágico

Emergiendo al fondo de la llanura Castellano-Manchega, el espolón de El Arabí, que conserva múltiples vestigios y pinturas prehistóricas, se yergue mirando hacia el Cerro de Los Santos por una lado y hacia Yecla por otro, al borde de las caprichosas rayas de fronteras que dividen los espacios donde habitaron nuestros antepasados, donde habitamos todavía hoy, y cuando, entonces, las fronteras no dividían tanto como unían.

Sé que está ahí, frente a mí. La niebla difumina las distancias cuando salimos de Yecla y nos impide adivinar su silueta. Solo podremos ver su perfil, una loma aislada que se tiende, rampante, en la llanura, cuando estemos cerca, muy cerca, como si hubiera esperado a que el sol, radiante, tomara posesión de la mañana.
 Ya estoy andando. El modelado kárstico y la erosión han cincelado fantásticas figuras en el monte Arabí. Ahora la luz es fuerte y el contraste con las zonas de sombra hace que preste un cuidado especial cada vez que tomo una fotografía, con resultados que, muchas veces, no acaban de complacerme. Pero siento que la alegría me invade por estar de nuevo en el monte; por caminar sendas nuevas; por  ser la primera vez que estoy aquí, un lugar soñado desde que oí hablar de él, hace ya muchos años. Los nombres quieren definir los sitios, con mejor o peor acierto, como el “Cerebro” desnudo que aparece grabado en la roca o la “Puerta de la Iglesia”, lugares por los que me va llevando la ruta… El mismo nombre “Arabí” puede ser otra definición ya perdida en el fondo de los tiempos, emparentado con Aran “valle” e Ibili “transitado, concurrido”, probablemente de la lengua que hablaran los iberos y que los conquistadores musulmanes dejarían, finalmente en el topónimo que ahora tiene, uniéndome a la conjetura de Santiago Delgado, la lógica de que los pueblos conquistadores se apropian, a su manera, de las palabras y logros de los pueblos conquistados.
 Este es un monte de piedra, de piedra desnuda, de resaltes sin salida, que solo conducen a pequeños abismos verticales, cornisas o “cintas” que escalonan bancales naturales, torturada, horadada, erosionada por todos sus costados, de bloques superpuestos, de grandes losas peladas entre sus laderas… y, de vez en cuando, la silueta majestuosa de un águila que aparece tras el alcor. En “Las Claves del Monte Arabí” leo que “lumakela biocalcarenita”, es el nombre dado a la piedra del monte Arabí, que no se cuartea hasta los -20º, ideal para la construcción en los países fríos del Norte de Europa. La lumakela tiene un gran valor para los coleccionistas porque es un conglomerado de fósiles, más aún si es del triásico, período de escasa fosilización. La biocalcarenita, por otro lado, es una roca porosa con buenas propiedades físicas respecto del conjunto de rocas porosas, en la que predominan los restos fósiles de foraminíferos, del Mioceno Medio–Superior marino. Me alucina este fantástico conjunto de fósiles marinos erguido en medio de la llanura. Pero lo cierto es que esta piedra ha sido usada profusamente a lo largo de los tiempos, para construir sillares, estelas, esculturas… en los cercanos yacimientos arqueológicos de los núcleos urbanos del “Cerro de los Santos” y de los “Llanos de la Consolación” o ya más recientemente  en la Iglesia Nueva de Yecla que narró Azorín en “La Voluntad”.
Las canteras están aquí, ya disueltas en el paisaje que atravesamos de camino a la “Cueva del Bujero”, una gran oquedad horadada en su mismo cenit. Me paro aquí y allá, borroso, oscurecido ante la luz del fondo, como en la foto que me acaban de hacer. Sumido en la ensoñación del momento, vuelvo a pasar cerca de la vieja cantera, pero advierto que me he quedado solo y casi pierdo de vista al último de mis compañeros.
 Pero hemos llegado al borde alto del acantilado de la “Puerta de la Iglesia” y mientras subo los últimos tramos que me llevan al “Cuerno”, la cima del Arabí, toda sensación de exceso se ha desvanecido entre los pinos.
 El vértice geodésico de la cumbre es un lugar magnífico para sentarse y dejar que la vista se pierda en lontananza, hacia donde la luz deslumbra, estática, sobre las lejanas envolturas de neblina. Pero pronto esa magia desaparece, porque hay que volver. De nuevo, me quedo solo, totalmente solo, renuente a abandonar este instante de placidez. Luego mientras voy dando alcance al grupo, oigo el trino de los pájaros en la espesura, mientras se acentúa la inercia de la quietud.
 Ahora los rodales de arena amortiguan mis pasos, por  la Solana del Arabí, la pequeña planicie que lo separa del Arabilejo, mientras se aprecia cómo el cantil va subiendo hacia el cuerno y la cueva de “Martín Santa” observándonos a media altura. Cuando estoy tomando una foto de esta cueva, los compañeros señalan el vuelo majestuoso de un águila, que podré divisar más tarde. Después cuando pase esta foto a la pantalla del ordenador, podré ver esa águila apareciendo por una de las esquinas del encuadre.
 El Arabilejo es un montículo donde se esparcen los restos de un poblado de la Edad del Bronce. Todavía conserva parte de sus murallas de piedra seca. Pero lo más extraordinario de esta loma son las “cazoletas”, esculturas inscritas en campos de piedra lisa, dentro y fuera de su olvidados recintos.  Estos campos de petroglifos, arte rupestre esculpido en las losas ¿qué son? ¿Canalizaciones de agua de lluvia hacia los calderones cercanos?  ¿Esquemas astronómicos? ¿Figuras mágico-religiosas? ...  No se sabe, pero están aquí, dispersos en una amplia zona alrededor del Arabí. Además ¿qué hace aquí todo este conjunto epipaleolítico, tan apartado de los tres grandes centros europeos –escandinavo, alpino y galaico-portugués- de grabados sobre roca al aire libre?
Pero lo mejor todavía está por llegar. Atravesando otra cantera, la “Cantera Nueva”  nos plantamos, sin prisas delante de los “Cantos de Visera”, el “Corral de las Pinturas”. Este es el gran monumento del Arabí, que no en vano está declarado por la Unesco Bien de Interés Cultural y Patrimonio de la Humanidad. Pero no se puede entrar a este corral sin sus guías y conservadores. Así que hay que ya tenemos la excusa perfecta para volver y admirar mejor todas estas maravillas, empezando esta vez, si es posible, por sus pinturas. Magníficas pinturas, deterioradas inevitablemente por el paso del tiempo y la ignorancia, pero que ejemplifican profusamente las tres grandes etapas que documentan el arte rupestre desde finales del Paleolítico: Arte Lineal Geométrico, Arte Macro esquemático y Arte Levantino, que concentran en este lugar, una larga sucesión de milenios, desde el 9.000 antes de Cristo. Y sin olvidar su belleza, eso es lo que sorprende: la larga sucesión de artistas que no cejaron en su empeño creativo.
Tras pisar este monte pródigamente documentado, solo quiero olvidarme de él un buen rato, mientras aprecio de buen grado y mejor paladar el homenaje con que los compañeros damos cuenta del festín que Pepa y Pascual, nuestros guías han preparado: buenos gazpachos manchegos al estilo yeclano, regados con varios de sus mejores vinos.
22 de febrero y 2 de marzo de 2009
 

Sobre Miguel Torres Calabuig

Unos cuantos compañeros, amigos ya entonces, desde la Laboral de la Coruña, llegamos a Córdoba en ese otoño de 1971. Recuerdo que entonces el verano se alargaba, como éste de ahora, y que había una gran piscina al borde de un bosque de pinos, donde, cada vez que nos apetecía y cuando la disciplina y horarios nos lo permitían, chapoteábamos, creo que hasta en diciembre.
Allí, entre el Colegio San Rafael y el Luis de Góngora, pase tres años. Otros 3 años más estuve en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Córdoba, de pensión en pensión y de piso en piso con otros compañeros estudiantes, disfrutando de una libertad que me atraía, tras los corsés de las Laborales. En el 79 terminé mis estudios universitarios, ya en Valencia, y ese mismo año ya supe que logré la plaza, entre otros 15 aspirantes, de Bibliotecario en Villena, en el Aula de Cultura de la Caja de Ahorros, entonces de Alicante y Murcia, después del Mediterráneo.

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