La Coruña (5-9-2018)

Tras un día de navegación, el amanecer despunta tras las luces de la ciudad y el puerto de La Coruña. En cuanto desembarcamos nuestros pasos se dirigen, atravesando el istmo, a la playa de Riazor y bahía de Orzán. Recuerdo días de lluvia entre el puerto lleno de barcos y los jardines de Méndez Núñez, paseando a la espera del autobús que me llevaría, con mis compañeros, de vuelta a la Universidad Laboral. Pero hoy el sol se asoma resplandeciente entre las nubes, mientras nuestros pasos callejean hacia el grandilocuente Palacio Municipal. Ante la puerta de la Iglesia de San Jorge, el cruceiro de Alejandro Cabanelas, anuncia la entrada a la gran plaza que se vislumbra a la vuelta de la esquina. Frente al Palacio Municipal, junto a la estatua homenaje a María Pita, la heroína de la ciudad que da nombre a la gran plaza, las perspectivas se abren para admirar en toda su extensión la grandilocuente fachada del Ayuntamiento, con sus tres grandes cúpulas marcando las alturas. En una calle adyacente, un ascensor público nos sube al comienzo del empedrado de la parte más vieja de la ciudad. Nuestros pasos, poco más adelante, desembocan ante la Colegiata de Santa María del Campo, la antigua iglesia románica del gremio de mareantes, por donde nos sorprende que podamos entrar sin tener que pagar entrada alguna. Esta magnífica Colegiata nos llama la atención por varios motivos. Uno de ellos son sus comedidas dimensiones, donde se puede palpar un cierto ambiente acogedor que al turista le cuesta encontrar en la mayoría de los monumentos visitables. Otro es que se haya podido mantener en pié, en relativamente buen estado, desde el siglo XII, sin perder su función, ni la vocación marinera de que hace gala la ciudad, pues durante largo tiempo se mantuvo la costumbre entre los navegantes de efectuar su primera visita a esta iglesia de Santa María, en cuanto regresaban del mar, en señal de agradecimiento por haber arribado felizmente a puerto. Nosotros acabamos de desembarcar del lujoso crucero MSC y algo que quizás solo es admiración por este bello ejemplo de arquitectura románica, nos impulsa a traspasar con unción el umbral del viejo templo. Cerca desembocamos en la tranquila plaza donde se ubica el convento de Santa Bárbara, el antiguo beaterio que posteriormente fue integrado en la obediencia franciscana. Sospecho que el conjunto de la plaza y el convento plantea cierta semejanza con los grandes beaterios de los Países Bajos. Por la retícula de calles y plazas que envuelve esta comunidad de beguinas, así como templos y casonas de origen medieval, se siente una indefinible "saudade", un afable sentido hospitalario que junto a otros muchos detalles hacen honor al apelativo de "La Ciudad donde nadie es forastero". Para corroborar estas sensaciones, bajando junto al Colegio de Santo Domingo, pronto aparece la Iglesia de Santiago, también románica y contemporánea de la vecina Colegiata, templo jacobeo de acogida y punto de partida de la variante coruñesa del Camino Inglés a Santiago de Compostela. La relación histórica de La Coruña con los ingleses parece una relación de amor-odio donde la realidad supera a la fantasía. Aquí se refugió la Armada Invencible para capear un temporal antes de partir hacia los otros temporales que le aguardaban frente a las costas de Gran Bretaña. Aquí regresaron sus restos tras su infausto periplo. Y aquí, en el bastión del fuerte de San Antón todavía en construcción, en 1589, María Pita lideró con éxito la heroica defensa de la ciudad frente a otra flota de guerra, la Contra Armada que Inglaterra organizó como respuesta a la "Invencible" y que fue dirigida por el mítico pirata, corsario o almirante Sir Francis Drake. 220 años más tarde, en plena retirada de la Guerra de Independencia, el General Británico John Moore, en la batalla de Elviña o de La Coruña, en enero de 1809, fue herido de muerte por una bala de los cañones franceses. El Mariscal Soult, genio estratégico de Napoleón, venció en esa batalla, pero en mayo del mismo año vaticinó: «Los gallegos acabarán por aniquilar al ejército más fuerte». La tumba de Sir John Moore, en el mismo lugar donde fue abatido, en los jardines de San Carlos, es ahora objeto de culto y peregrinaje para turistas y peregrinos ingleses. En los contiguos Jardines de Maestranza se encuentra el monumento a Diego del Barco, calificado por "El Ideal Gallego" como "El Héroe coruñés que derrotó a las Águilas Imperiales de Napoleón". Nosotros seguimos paseando y ya bajamos junto a la orilla del mar, tratando de subir a uno de esos tranvías que hacían el recorrido por toda la costa hasta la playa de Riazor. Para nuestra decepción nos enteramos entonces que ya no existe. Por eso seguimos nuestro paseo en dirección a la Torre de Hércules, visita que se hace obligada para todo turista que se precie, lo que nos permite acercarnos al busto del General José de San Martín, el homenaje que la ciudad de La Coruña rinde a una de las personalidades más destacadas de la guerra de emancipación americana, ya cerca de la playa y ensenada de San Amaro. Al fondo, entre el bosque de catenarias y farolas del tranvía extinto, ya despunta el viejo faro de origen romano, la más característica seña de identidad de la ciudad. El promontorio donde la Torre se emplaza se va llenando de turistas, mientras nosotros nos sentamos en la terraza de un bar. Desde allí, saborear una caña y dejar que nuestra mirada se pierda de un lado a otro del paisaje, nos parece un placer insuperable. Tras rendir homenaje a la inconfundible reproducción metálica un cuadro de Carlos III, quien ordenó la restauración del faro para mejor aviso de navegantes, volvemos sobre nuestros pasos, esta vez por el centro de las calles, para, ante el puerto, acercarnos al Castillo de San Antón, reconvertido en el admirable Museo Arqueológico e Histórico de La Coruña. Entre las piezas de incalculable valor que exhiben sus salas y entre los documentos que atestiguan que por allí pasaron presos ilustres como Alejandro Malaspina, Melchor de Macanaz o Juan Díaz Porlier, agotamos el tiempo que nos queda antes de volver a embarcar en el crucero, divisable desde la histórica fortaleza, donde María Pita demostró su valor en la defensa contra el ataque de Francis Drake.

Sobre Miguel Torres Calabuig

Unos cuantos compañeros, amigos ya entonces, desde la Laboral de la Coruña, llegamos a Córdoba en ese otoño de 1971. Recuerdo que entonces el verano se alargaba, como éste de ahora, y que había una gran piscina al borde de un bosque de pinos, donde, cada vez que nos apetecía y cuando la disciplina y horarios nos lo permitían, chapoteábamos, creo que hasta en diciembre.
Allí, entre el Colegio San Rafael y el Luis de Góngora, pase tres años. Otros 3 años más estuve en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Córdoba, de pensión en pensión y de piso en piso con otros compañeros estudiantes, disfrutando de una libertad que me atraía, tras los corsés de las Laborales. En el 79 terminé mis estudios universitarios, ya en Valencia, y ese mismo año ya supe que logré la plaza, entre otros 15 aspirantes, de Bibliotecario en Villena, en el Aula de Cultura de la Caja de Ahorros, entonces de Alicante y Murcia, después del Mediterráneo.

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  1. Foto de Miguel Torres Calabuig
    Miguel Torres Calabuig

    Crónica desde la Coruña

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