Nunca es tarde para volar

Nos cuenta la mitología griega que Ícaro y su padre Dédalo estaban cautivos del rey Minos en la isla de Creta. Para escapar, construyeron unas alas con plumas recogidas del suelo, que luego las iban pegando entre sí con cera. Una vez finalizadas se adosaron las alas al cuerpo y se lanzaron al espacio abierto. Ícaro, desoyendo los consejos del padre, se elevó demasiado hacia el cielo; el calor del sol derritió la cera y las plumas se fueron soltando de las falsas alas, cayendo a las aguas del mar.

La edad, el paso y peso de los años, nos van mermando las facultades físicas y también las mentales. Para remediar el deterioro paulatino de las primeras podemos –y debemos- practicar la actividad física; para mantener las segundas es conveniente ejercitar la mente y sobre todo, muy importante, estar siempre pendiente de desarrollar nuevos proyectos y no desaprovechar las oportunidades de realizar hasta la empresa más impensada e inesperada que la vida nos pone delante.

Por una serie de circunstancias fortuitas  –unas setas de cultivo, un perro meón y un encuentro no previsto- me ofrecieron la oportunidad de volar, no con las alas de Ícaro, sino en un planeador ligero y flexible[1]. En concreto, la invitación de Aritz[2] era para practicar parapente, su pasión, no la mía. Pero la verdad es que no lo pensé dos veces y le dije que sí, aunque en mi entorno mantuve la decisión en secreto hasta que llegó que el momento: lunes día 2 de agosto de 2021 a las 15 horas. Cuando uno llega a la edad de platino, es creencia generalizada  que ciertas actividades nos están vedadas. Pero me parece que, una vez liberado de la vida laboral y otras obligaciones, es el momento adecuado para apreciar nuevas sensaciones. Volar al aire libre puede ser una de estas impresiones.   

Puntual, como de costumbre, me presenté en el límite costero entre Getxo y Sopelana. Unas quince personas, jóvenes la mayor parte, sentadas sobre la hierba que bordea el paseo de la costa, esperaban su turno para volar mientras media docena de alas voladoras surcaban el cielo mecidas por la brisa marina, dejando abajo el acantilado de Azkorri, el Flysch y la rasa mareal de este singular paraje.       

La tarde era agradable en lo meteorológico, soleada, con una brisa de 17 km/hora, adecuada para volar. Me atendió Paula; tras unas breves  indicaciones, me dejó la cámara para que pudiera hacer un reportaje de vídeo y me colocó el casco de seguridad. Mientras me ponía la camiseta blanca con el distintivo de AJANE[3] se acercó Markel que iba a ser el piloto del parapente biplaza. Desplegaron el velamen, colocaron el bagaje[4] o arreos de seguridad atándolos a nuestro arnés o asiento, nos sujetaron con finas cuerdas especiales,… una breve carrera de seis metros hacia el abismo y noté la ingravidez; ya no tocaba suelo.    

Siguieron veinte minutos de placer sobrevolando las playas, el acantilado y el mar. Se veían nítidamente las olas que llegaban a la playa Salvaje –compartida por Getxo y Sopela- nutridas de los habituales surfistas. Sobre el paseo marítimo que tantas veces hemos recorrido Adita y yo, un intermitente desfile de caminantes lo recorría en ambos sentidos. Aprovechando el palo del “selfie” podía alternar nuestras imágenes con el cielo al fondo, o las del impresionante paisaje que nos rodeaba, con incursiones en el espacio focal de otros parapentes.

En un momento dado, Markel me pregunto:

-Iñaki, ¿te mareas?

-No, en absoluto -  le respondí.

-Entonces, ¿metemos un poco de “caña?

- De acuerdo, Markel.

Y desde ese momento, comenzamos a oscilar, balanceándonos alternativamente de babor a estribor, a la vez que la vela también invertía la dirección de barlovento a sotavento. La sensación era semejante a la que se tiene cuando eres pasajero de una embarcación sometida a los vaivenes de las olas.

Mientras nos mecíamos a en el espacio, gracias a la habilidad de Markel, manteníamos una conversación fluida. Le pregunté sobre la velocidad del viento, la altura a la que estábamos volando, cuántos años llevaba de experiencia pilotando estos aparatos, si es difícil aprender a manejarlos, si revisan con regularidad el equipo técnico,…  Cuando estaba en lo mejor del vuelo me dijo que plegase el palo extensible de la cámara de vídeo y que me preparase para el aterrizaje. Entonces me acordé de que estoy a la espera de que me cambien la rodilla actual por una prótesis y le manifesté mi inquietud por si tropezaba al tomar tierra. Su breve y certera respuesta me tranquilizó.

Tras unas bromas sobre si era mejor aterrizar sobre la copa de los pinos o sobre los tupidos helechos, me di cuenta de que mis pies tocaban suavemente tierra firme mientras teníamos el mar enfrente. Dos personas habían agarrado firmemente, mediante dos cuerdas, al ala voladora impidiendo que el viento la llevase de nuevo hacia el abismo. Nos soltamos las cuerdas, salimos del arnés, me quité el casco y se lo entregué a Celeste[5], junto a la cámara de vídeo. El grupo de personas esperando turno había aumentado.

Ahora, mientras escribo, estoy reviviendo la experiencia con el vídeo que grabé –reducido de veinte a cuatro minutos para no aburrir a los que deseen visionarlo- y mi sensación es que repetiré; no como Aritz y Markel, que lo hacen todos los días que sopla viento de barlovento, sino de vez en cuando. En la información de Iparapente[6]se puede leer que “Es una actividad para todos los públicos de 7 a 80 años, no requiere ninguna condición física, solo hacer caso al instructor; en menos de lo que esperas estarás volando”. El que ha escrito esta narración, certifica y firmará que las frases entrecomilladas de la propaganda son ciertas. Estoy en esa franja de edad, no tengo una condición física especial, fue un placer tranquilizador charlar con el piloto mientras volábamos y no me di cuenta ni al despegar, ni al aterrizar: solo la sensación de flotar en el aire y mecerme con la brisa.   

No pretendo dar consejos a nadie, ni animaros a poner en practica nuevas experiencias, pero si tú, amiga o amigo lector, has sentido el gusanillo… ¡Ánimo! VOLAR es una experiencia inolvidable.

Iñaki Fernández Arriaga

(en la edad de platino) 

 [1] Vehículo usado en el deporte del parapente

[2] Aritz es uno de los responsables de la empresa Iparapente que opera en Sopelana y Orduña (Bizkaia).

[3]Asociación de Jubilados de Algorta – Algortako Nagusien Elkartea”, una de las tres relacionadas con el área de Envejecimiento Activo de Getxo

[4] … arnés, cordinos, maillones, anclajes,  mosquetones, frenos,...

[5] Tal como dijo Aritz, Celeste se encarga de las cosas serias, es decir de la parte comercial.

[6] Vuelos biplaza en Iparapente ->  www.iparapente.com       info@iparapente.com      Tfno. 658 872 188

Sobre Iñaki Fernández Arriaga

Socio fundador de A.LA.CÓ., la primera asociación de Laborales de Córdoba.

Socio fundador de Aulacor, la asociación nacida del acuerdo entre responsables de A.LA.CÓ. y Ulacor.

Administrador de la web oficial de Aulacor hasta que fue injustamente expulsado y sin derecho a defensa.

Administrdor de esta web de PARANINFO.

Miembro del Consejo de Redacción de la revista PARANINFO.

Coordinador del libro 'RECUERDOS DE LA UNI'

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