• Don Quijote y Dulcinea

  • Iglesia de San Antonio Abad en El Toboso

Quintanar de la Orden y El Toboso (Torres Calabuig)

Quintanar de la Orden es una población de recia raigambre manchega, en medio de todos aquellos lugares de los que Cervantes no quiso acordarse. Cuando El Quijote sale de su quinta en busca de amores y aventuras, la Orden de Santiago, que ya prioriza la vida monástica antes que la militar, es una de las entidades más ricas de todas las Españas y la de mayor prestigio nobiliario. Ser admitido en ella es todo un honor ambicionado por los grandes artistas y literatos desde finales de la Edad Media. A ella pertenecen los personajes más admirados de las letras y las artes, como Jorge Manrique, Garcilaso de la Vega, Quevedo, Velázquez, etc... Quintanar es otra de sus más ricas posesiones a título de encomienda, en esos momentos del Siglo de Oro cuando las penurias se enseñorean de los pagos peninsulares mientras el oro, la plata y todas las riquezas de las indias desembarcan en los puertos castellanos e inundan Europa. Los caballeros ya son una fantasía, un entretenimiento de hidalgos hambrientos, en un tejido social que el Quijote quiere retratar con un deje de ironía exento de concesiones y sin disculpas. Tanto en Quintanar de la Orden como en El Toboso, los labradores lograron llevar una vida holgada tras los muros de sus haciendas, luchando con ingenio y picaresca contra ilustrados recaudadores de tercias reales, tales como Cervantes o contra avispados bachilleres de diezmos. Por las calles de estos pueblos que hoy se nos muestran acogedores, paseamos plácidamente, como queriendo tropezar, a la vuelta de la esquina, con Dulcinea.

Sobre Miguel Torres Calabuig

Unos cuantos compañeros, amigos ya entonces, desde la Laboral de la Coruña, llegamos a Córdoba en ese otoño de 1971. Recuerdo que entonces el verano se alargaba, como éste de ahora, y que había una gran piscina al borde de un bosque de pinos, donde, cada vez que nos apetecía y cuando la disciplina y horarios nos lo permitían, chapoteábamos, creo que hasta en diciembre.
Allí, entre el Colegio San Rafael y el Luis de Góngora, pase tres años. Otros 3 años más estuve en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Córdoba, de pensión en pensión y de piso en piso con otros compañeros estudiantes, disfrutando de una libertad que me atraía, tras los corsés de las Laborales. En el 79 terminé mis estudios universitarios, ya en Valencia, y ese mismo año ya supe que logré la plaza, entre otros 15 aspirantes, de Bibliotecario en Villena, en el Aula de Cultura de la Caja de Ahorros, entonces de Alicante y Murcia, después del Mediterráneo.

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