Por los barrancos del Voro (Torres Calabuig)

Por Alquézar, el río Vero baja entre congostos de altas paredes donde los barrancos se estrechan, y el agua se remansa entre charcas y pozas creando reflejos opacos que brillan cuando la luz penetra al fondo entre los huecos de las rocas. La paleta de colores por las pasarelas, se amplía desde el fondo oscuro donde el agua espejea hasta el alto azul, allí donde la cámara solo capta los blancos. Pequeñas presas y azudes salpican el recorrido, remansando la corriente para que luego caiga con la fuerza necesaria para mover molinos y almazaras. Para senderistas y turistas de la naturaleza, se han colgado largas pasarelas de madera y metal que hacen accesible el maravilloso curso del río entre una vegetación lujuriosa y altas paredes de roca. El fuerte contraste entre la luz y la sombra impone su presencia a lo largo de todo el barranco, haciendo que los azules viren a reflejos turquesas y a blancos donde las nubes se deslizan.
  
Cruzamos el río Vero, primero corriente abajo, por donde las largas pasarelas que salvan el barranco terminan, de forma natural, cuando el cauce se ensancha un poco como queriendo abandonar las hendiduras de altas paredes. Allí se forma un vado natural, con un nacimiento que vierte sus aguas al río, ya en tránsito hacia la Depresión del Ebro. Es el paso más cómodo entre Alquézar y Asque, poblado del municipio de Colungo y por tanto uno de los más transitados para acceder o salir de Alquézar, hasta que llegaron las modernas carreteras. Y allí se construyó uno de los más relevantes puentes de piedra que atraviesan el Vero, el llamado de Fuendebaños o de Asque. Un molino tampoco podía faltar y tenía que ser donde hubiera una buena fuerza de corriente y, además que tuviera el acceso más cómodo posible. Y decimos "más cómodo posible" porque nos imaginamos a las gentes del lugar cargando sus mercancías, su trigo, su harina, sus mieles... todo, a lomos de caballerías, con muy pocos carruajes que pudieran hacer frente a las pendientes que bajan o suben a la ciudad. Por eso el puente, que también se construyó en previsión de las crecidas típicas de estos ríos del prepirineo, se convirtió en uno de los más transitados de la vieja red de caminos y senderos del Somontano.
 
Estos montes que configuran el prepirineo, bajan de las grandes alturas entre escarpes, quebradas, barrancos y farallones espectaculares, salpicados de abrigos y cuevas que el modelado Kárstico ha ido dejando a lo largo del tiempo, formando un conjunto único de abrigos y cuevas. Las del Parque Cultural del Río Vero destacan especialmente, pues, agrupadas en un espacio geográfico reducido, se han hallado más de 60 con pinturas que cubren todo el abanico del arte rupestre, desde las del Paleolítico Superior, contemporáneas de Altamira, hasta las esquemáticas del Neolítico final, que son mayoría, pasando por una buena representación de yacimientos de arte rupestre Levantino. Disfrutamos sabiéndolo, a pesar de que no podamos acceder a ellas, que tampoco lo hacemos, pues es seguro que están valladas para prevenir robos y destrozos. Lo mejor en estos casos es ir con guías autorizados o esperar a "jornadas de puertas abiertas".
 
Caminamos inmersos en el Parque Natural de la Sierra y Cañones de Guara, todo un mundo de agua y roca que se ha podido conservar gracias a esos grandes atractivos que lo hacen especial. Por allí el hombre ha encontrado siempre terreno abonado para la caza, para pastorear después y para establecer sus cultivos junto a los terrenos más fértiles que va descubriendo entre abismos. Luego, además, pinta durante milenios, en sitios que, bien que mal han ido resistiendo la acción vandálica, guerrera, aprovechada o ignorante de otros humanos que vinieron más tarde y así hasta la actualidad. Durante varios siglos también fue tierra de frontera, erigiéndose aquí y allá, torres, castillos, murallas, fortalezas y alcázares, con las que defenderse de conquistas e invasiones guerreras, plagando la historia de mitos y leyendas, de reyes moros, de doncellas cristianas, de caballeros armados, de guerreros cuyas aventuras les enriquecieron y ennoblecieron. De las gentes humildes que poblaron estos lugares laboreando los cultivos de altos bancales, pastoreando, atendiendo la molienda o sirviendo a los señores, no sabemos tanto y solo los precarios censos de población nos hablan de su trajín entre mezquitas, palacios, iglesias, catedrales, morabitos, monasterios, molinos, caminos y puentes.
 
Hoy recorremos una de las numerosas rutas de esta parte del Somontano, disfrutando los tesoros que se nos ofrecen al paso. El otoño nos regala un luminoso día. Junto al camino que ahora se ensancha, entre cuidados cultivos aparecen enormes olivos centenarios ya cerca de Asque. Al otro lado del barranco, en Colungo, nos cuentan que existe, en el paraje "Demba de Nadal", lo que ellos llaman la "Royera de Nadal", una gigantesca olivera milenaria de 13´65 m. de circunferencia en la base de su tronco y 8 m. de altura, que sigue dando muy buenas cosechas. Varios buitres, águilas y quebrantahuesos evolucionan en las alturas, cuando aparece Colungo, como al alcance de la mano, por un lado, mientras por otro se vislumbra Alquézar. Desde allí llaneamos entre bancales y bosques, hasta que, en el punto del comienzo del sendero hacia el abrigo de Regacens, comenzamos a bajar, junto a un "esconjuradero", que son como pequeñas ermitas donde se encendían cirios con la esperanza de apaciguar o "conjurar" peligrosas tormentas. El camino, desde allí sigue siendo ancho, pero en fuerte pendiente de bajada, llena de molestos pedruscos, hasta desembocar en el lecho del barranco de Lemos, tributario del Vero, en uno de los puntos clave de los aficionados al barranquismo.
 
Seguimos ahora el trazado de una vieja senda de herradura que vemos cómo se va elevando más allá, por las laderas hacia las torres que despuntan entre las quebradas. Desde aquí no adivinamos cómo vamos a cruzar el insondable barranco que se abre en la conjunción del Lemos con el Vero. Algún paso habrá, pienso yo entonces, sin tener que dar un gran rodeo. Y así es. La ruta no nos defrauda y en la hondonada, como surgido de la nada, aparece ante nosotros un puente que parece partido en dos desde el ángulo que nos muestra al llegar ante él. Es un hermoso puente de piedra, con un pilar que divide sus dos grandes ojos en un ángulo de unos 90 grados, el segundo puente de piedra en el que ya pensábamos cuando corriente abajo cruzamos el de Fuendebaños. Corriente arriba del Vero, para que la senda de herradura, que parece que quiera esconderse entre la vegetación y los altos desniveles en el lecho del barranco, el puente de piedra de Villacantal nos regala su especial diseño y nos alegra el día, como así sería durante siglos para paisanos y viajantes en ruta hacia Alquézar, antes del siglo XX. Subimos ya por la suave senda que veíamos de lejos, mientras trato de identificar si son buitres, alimoches, quebrantahuesos, águilas u otras aves de rapiña, quienes vuelan cerca, otra vez, por encima de nuestras cabezas, como mostrándonos el sendero, antes de posarse al borde de los altos riscos. Por allí lo que queda se me hace corto y enseguida, al borde de los altos riscos donde se posan los buitres, superamos un collado desde donde la fortaleza de Alquézar, a nuestros pies, nos va ofreciendo su espectacular fisonomía al borde de los abismos.
 
Fdo, Miguel Torres Calabuig
Alquézar, 8 de octubre de 2018. Altea, 29 de febrero de 2019.

1 comentario

  1. Foto de Miguel Torres Calabuig
    Miguel Torres Calabuig

    En esta ocasión nos hemos desplazado hasta Huesca, a la comarca de Somontano de Barbastro, para caminar por los barrancos del rio Vero.

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